Los investigadores han descubierto que una proteína concreta puede utilizarse como marcador cerebral para indicar si los recuerdos emocionales pueden cambiarse u olvidarse. Se trata de un estudio en animales, pero los investigadores esperan que los descubrimientos permitan, con el tiempo, que las personas que sufren Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) vuelvan a llevar una vida más equilibrada.

Los científicos saben que los recuerdos a largo plazo pueden dividirse, a grandes rasgos, en dos tipos: la memoria basada en hechos, en la que podemos recordar cosas como nombres, lugares, acontecimientos, etc., y una especie de memoria instintiva en la que recordamos cosas como emociones y habilidades.

Los científicos han llegado a creer que estos recuerdos emocionales pueden modificarse, lo que quizá permita tratar el trauma subyacente al TEPT. En 2004, un trabajo pionero realizado por científicos de Nueva York demostró que si se trataba a los animales con el betabloqueante propranolol, esto les permitía olvidar un trauma aprendido. Sin embargo, los resultados han sido a veces difíciles de reproducir, lo que ha llevado a dudar de si los recuerdos eran modificables en absoluto.

Ahora, científicos de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), en una investigación presentada en el 34º Congreso del Colegio Europeo de Neuropsicofarmacología, que se celebra en Lisboa, han demostrado que la presencia de una proteína concreta -la proteína «shank», que actúa como andamio para los receptores que determinan la fuerza de las conexiones entre neuronas- determina si los recuerdos pueden modificarse en los animales tratados con propranolol.

Si esta proteína se degrada, los recuerdos se vuelven modificables. Sin embargo, si esta proteína está presente, esto demuestra que los recuerdos no eran degradables, lo que explica por qué el propranolol no siempre produce amnesia.

La investigadora principal, la doctora Amy Milton, explica que adiestraron a las ratas «para que asociaran un clicker con una leve descarga eléctrica en el pie, a fin de crear un recuerdo de miedo, de forma similar a como Pavlov condicionó a los perros hace más de cien años».

«A continuación, reactivamos a las ratas este recuerdo introduciendo el clicker por sí solo, e inmediatamente después de este recordatorio les administramos una inyección del betabloqueante propranolol. Sin embargo –apunta–, no vimos la amnesia que se había reportado previamente en la literatura después de esta intervención. A continuación, utilizamos la presencia de la proteína shank para determinar si los recuerdos se habían vuelto inestables en primer lugar, y descubrimos que no era así».

Esto significa que la proteína shank puede utilizarse como biomarcador de una memoria maleable, explica. «Todavía no sabemos si está directamente implicada en la degradación de la memoria, o si es un subproducto de una reacción más profunda –admite–. Lo que sí hace es darnos una vía de entrada, una llave a una de las primeras puertas en la comprensión de la bioquímica de la memoria».

La investigadora precisa que se trata de mecanismos realmente complejos, y hay que tener en cuenta que se trata de un trabajo animal y que los cerebros de los humanos son similares, pero mucho más complejos.

«No vemos que esto conduzca al tipo de situación que se muestra en las películas donde los protagonistas pueden elegir qué recuerdos borrar –advierte–. Pero esperamos que con el tiempo podamos identificar los factores que hacen que los recuerdos sean modificables en los animales y trasladarlos a los pacientes humanos. En última instancia, esperamos disminuir el impacto inconsciente de los recuerdos emocionales traumáticos, el tipo de trauma que puede arruinar la vida de las personas con TEPT –explica–. Esperamos que esto sea un paso en el camino hacia el tratamiento».

Por su parte, la doctora Livia de Picker, de la Universidad de Amberes, que no participó en la investigación, afirma «es un trabajo interesante. Descifrar lo que constituye un recuerdo es extremadamente difícil, y este trabajo nos acerca a la comprensión de cómo se conservan y cambian los recuerdos –explica–. Queda mucho camino por recorrer en este proceso y, por supuesto, trasladar estos pasos a los humanos será difícil. Pero esto nos da cierta esperanza de que, con el tiempo, podamos ayudar a las personas que sufren recuerdos de estrés traumático».