Hoy celebramos el Día Mundial de la Zoonosis con el objetivo de intentar concienciar a la población sobre los enormes riesgos para nuestra salud de la transmisión de enfermedades de origen animal.

Lo hacemos en el aniversario de la fecha en que Louis Pasteur aplicó en Francia la primera vacuna antirrábica, allá por 1885, al niño Joseph Meister, que había sido mordido por un perro rabioso.

Pretendemos en estas líneas explicar la realidad para que todos pongamos de nuestra parte en el empeño de prevenir enfermedades que puedan hacer nuestra vida tan difícil y efímera como lo fue durante la pandemia del coronavirus, último y tremendo ejemplo de enfermedad zoonótica.

Y para eso, y a modo de resumen elemental, todos tenemos que poner los medios que haga falta para cuidar la salud de las personas, pero también la de los animales. Y, en definitiva, porque lo engloba todo, la salud de nuestro planeta.


Ejemplos de enfermedades zoonóticas y su población afectada U.S. Government Accountability Office (GAO)


Según la mitología griega, Casandra era una princesa troyana de singular inteligencia y belleza que por encima de todo buscaba el conocimiento.

Prendado de ella, el dios Apolo le hizo una oferta irresistible para quien busca la sabiduría: a cambio de una sola noche de pasión, le daría el don de conocer el futuro.

La muchacha accedió. Y a partir de ese momento Casandra pudo «escuchar el futuro».

Pero Apolo quiso repetir.

Casandra lo rechazó y, despechado, el poderoso dios la maldijo: «Acertarás en tus predicciones, pero nadie te creerá».

Y así fue. Nunca le hicieron caso. Ni siquiera cuando advirtió a sus conciudadanos sobre el engaño del Caballo de Troya que al final les costaría la vida.

Ahora, en el mundo real y casi desde siempre, al igual que Casandra los científicos llevan muchos años previendo que el cambio global producido por el hombre en el planeta iba a plantear nuevos problemas. Y tampoco se les hizo caso.


Yanos estamos olvidando de estas imágenes: urgencias COVID 19


Ahora, todavía temerosos ante una pandemia que ha pasado dejando en el mundo una profunda y dolorosa huella de tristezas y angustias, nos preocupa nuestro incierto futuro.

No es para menos.

La COVID-19 ha sido y es, tan solo, la punta del iceberg de un problema global mucho más preocupante.

Y ojalá que su recuerdo tenga más poder que todos los avisos que se han hecho repetidas veces y con toda la fuerza del conocimiento científico.

  • A principios del siglo XX

El premio Nobel de química, Svante Arrhenius, advirtió con mucha preocupación que si seguíamos quemando combustibles fósiles al ritmo que se estaba haciendo, el calentamiento global producido por la liberación del CO2 haría que la vida de los seres humanos en el siglo XXI resultase extremadamente penosa.

A partir de entonces miles de científicos advirtieron sobre el gran problema que se nos venía encima.

Como por ejemplo:

Empezó a medir la concentración de CO2 en la atmósfera. Comprobó que se incrementaba enormemente año tras año. Y como el CO2 es un gas con un potente efecto invernadero, la temperatura del planeta no para de crecer.

En esa fecha 1.500 destacados científicos -incluyendo a la gran mayoría de los Premios Nobel entonces vivos- publicaron una seria advertencia sobre el problema medioambientalWorld Scientists’ Warning to Humanity.

Estos expertos exponían, entre otras cosas, que «Será necesario un gran cambio en nuestra forma de cuidar la Tierra y la vida sobre ella, si queremos evitar una enorme catástrofe y miseria para la humanidad».

  • Hace apenas 3 años

Más de 15.000 científicos repitieron la advertencia.

  • Y hace menos de 2 años

233 revistas científicas del máximo prestigio acaban de publicar un editorial conjunto lanzando una alerta mundial y pidiendo a los políticos que se pongan en marcha con lo más importante que tenemos entre manos.

El tiempo se acaba.

Y aunque realmente hay muchas formas de que esto ocurra. Sin duda una de ellas son los virus zoonóticos.


SARS CoV 2 un virus procedente de murciélagos: zoonosis Imagen Agencia SINC


Imaginemos un virus que durante milenios sobrevivió en un determinado animal.

La especie que lo hospedaba se encontraba bien adaptada a su hábitat.

El virus también estaba perfectamente adaptado a su hospedador: infectaba a la mayoría de su población, pero apenas les producía daño.

  • Ahora, por efecto del rápido cambio global producido por el hombre, la población del hospedador, en rápido declive, va camino de la extinción.

Con su hábitat natural destrozado, los últimos animales de su especie se dispersan. Interactúan con otras especies con las que no habían interactuado nunca. Y entran en contacto con el hombre.

Lo que durante milenios había sido una excelente estrategia evolutiva para el virus, deja de serlo.

Con su hospedador en vías de extinción, si el virus quiere sobrevivir tiene que encontrar otro animal que le sirva de hospedador.

El virus ni siquiera tiene inteligencia para saber lo que tiene que hacer.

Pero la selección natural empieza a favorecer a los virus que mutan más rápido.

Y alguna mutación -todas ocurren al azar- les permite infectar a otras especies.


El coronavirus es la gran zoonosis que nunca olvidaremos Foto Unsplash


La mayoría de los nuevos virus se extinguirán.

Pero puede ocurrir, y está ocurriendo, que también por casualidad algunos consigan una eficacia extraordinaria para infectar a otra especie: el hombre.

Es su gran oportunidad evolutiva: casi 8.000 millones de huéspedes potenciales que viajan a toda velocidad por el mundo.

Cada vez hay más convicción, a falta de pruebas, de que el coronavirus SARS-CoV-2 es una de estas quimeras, que infectaba a un murciélago del género Rhinolophus cuyo hábitat está en recesión.

En uno de los virus que infectaba a este murciélago ocurrió una mutación que le permitió infectar a otro mamífero: un pangolín.

Pero el pangolín tenía su propio coronavirus. Y en alguna célula se mezclaron los genomas de ambos.

El resultado fue el SARS-CoV-2. Y el nuevo virus empezó a infectar humanos, desatando la mayor catástrofe del siglo… hasta ahora.

Después hubo más mutaciones que dieron lugar a nuevas cepas, recombinaciones…

Pero el peligro no se reduce al coronavirus. Ni siquiera sabemos dónde está la siguiente amenaza.

Pero sí sabemos que en estos momentos hay cientos de miles de especies en peligro de extinguirse, desplazadas de sus destrozados hábitats.

  • Y están interactuando con otras especies.
  • Y están entrando en contacto con el hombre.

Como poco, cada una de estas especies tiene un par de virus específicos (aunque 10 es una estimación más acertada), por lo que en estos momentos hay millones de virus en los que la selección natural está favoreciendo altas tasas de mutación y de recombinación.

La enorme mayoría serán fracasos evolutivos que se extinguirán muy rápido. Pero algunos lo conseguirán.


Médicos y enfermeras preparados para investigar con el virus del Ébola DFID – UK Department for International Development


Hay muchos ejemplos de lo que puede ocurrir… y están ahí mismo porque acaban de pasar.

  • En 1976 se produjeron dos brotes diferentes del virus del Ébola, uno en Sudán del Sur y el otro en la República Democrática del Congo.
  • Ya en este siglo al menos otros cuatro nuevos virus del ébola han producido mortandades a humanos. Son los retrovirus de Bundibugyo (BDBV), del Zaire (EBOV), de Reston (RESTV) y de Taï Forest (TAFV).

En todos estos casos se trata de virus que pasaron desde animales salvajes a humanos.

Concretamente desde murciélagos frugívoros de la familia Pteropodidae desplazados de su hábitat natural por la destrucción de la selva.

  • Semejante al Ébola está el virus de Marburgo que en 2008 pasó a los seres humanos, probablemente desde monos Cercopithecus recombinando con los de murciélagos Rousettus.

La mortalidad del Ébola y del Marburgo alcanza al 90% de los infectados. Y lo hace muy rápido.

Pero por suerte para nosotros, al muy poco tiempo de estas infecciones se producen síntomas tan graves que resultó fácil aislar a los infectados (la gran mayoría murió rápido, cortándose la red de transmisión).

Pero en los últimos años se han producido más de 10 brotes de esta enfermedad.

Y si un nuevo brote fuese capaz de infectar antes de mostrar síntomas destacados, como ha ocurrido con el coronavirus SARS-CoV-2, podría resultar letal.

Alrededor de 35 millones de personas murieron por el sida y hay unos 80 millones de infectados. 

El sida también es un virus zoonótico que pasó desde una población de monos africana a los seres humanos.


Los coronavirus como amenaza zoonótica nos son nuevos


Respecto a los coronavirus, solamente durante los últimos 20 años hubo tres brotes diferentes:

  •  A finales de 2002, en China, el coronavirus SARS-CoV-1 consiguió pasar desde un animal (probablemente una civeta) a los humanos. Antes de que se consiguiese controlarlo, se extendió a 26 países infectando a 8.098 personas de las cuales 774 murieron.
  • En 2012, en Arabia Saudita, el coronavirus MERS-CoV pasó a los seres humanos probablemente desde un camello. Se extendió por 10 países, afectando a 157 personas y produciendo 66 muertes.
  • A finales de 2019 el SARS-CoV-2 infectó a su primer ser humano desatando la pesadilla en la que sigue sumida toda la humanidad.

Y después de la COVID-19 volvió a sonar la alarma en China, tras la muerte de un hombre infectado por un hantavirus (que normalmente infectan a diversas especies de pequeños mamíferos).

Los seres humanos de nuestra especie llevan alrededor de 250.000 años sobre la Tierra.

En manos de la ortodoxia económica, durante los últimos 20 hemos liberado más CO2, destruido más hábitats y extinguido a más especies que en toda nuestra historia anterior:

También estos años han sido los más cálidos desde que existen registros.

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Tal vez nuestro plantea nos esté mandando el mensaje de que, si queremos sobrevivir, debemos cambiar nuestras prioridades.

No queda demasiado tiempo.