En torno al 55% de la población mundial vive en ciudades y, según las estimaciones del Banco Mundial, en el año 2050 las ciudades albergarán al 75% de la población mundial. Un porcentaje que en España ya superamos: el 81% de la población española vive en ciudades. 

Y estos entornos urbanos se caracterizan por determinados factores que pueden afectar a nuestra salud. Estamos hablando de la contaminación del aire o la contaminación acústica, cuyo impacto en los niveles de salud de la población puede ser elevado.

Un equipo liderado por científicos de la Escuela Nacional de Sanidad (ENS) del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) ha analizado el posible impacto de estos factores ambientales sobre los ingresos hospitalarios urgentes por trastornos mentales en la Comunidad de Madrid entre los años 2013 y 2018.

Y los resultados son llamativos ya que los investigadores consideran a la vista de los resultados que el ruido se relaciona con un mayor riesgo de sufrir ingresos hospitalarios urgentes ligados a trastornos mentales. 

Liderada desde la Unidad de Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente Urbano de la ENS-ISCIII, la investigación se ha llevado a cabo mediante un estudio ecológico longitudinal de series temporales. 

Las conclusiones, publicadas en la revista Environmental Research, señalan que, en todos los grupos de edad, los ingresos hospitalarios urgentes diarios debidos a trastornos neurológicos del comportamiento y del desarrollo mental presentan una asociación estadísticamente significativa a corto plazo con los niveles de ruido diurno en la Comunidad de Madrid. 

Sólo por el ruido, puesto que como demuestra el estudio, los niveles de contaminación química del aire no tienen ninguna relación con este tipo de ingresos hospitalarios urgentes. 

Las estimaciones de atribución del riesgo llevadas a cabo señalan que el porcentaje de admisiones hospitalarias anuales por trastornos mentales ligadas al ruido urbano puede superar el 5% del total. 

Y como explican Julio Díaz y Cristina Linares, responsables de la Unidad de Cambio Climático, Salud y Medio Ambiente Urbano del ISCIII:

  • “Sabemos que después de ‘picos’ de ruido aumentan los ingresos hospitalarios urgentes, pero no podemos precisar si las personas ingresadas ya tenían una enfermedad mental y el ruido la ha exacerbado, o si son pacientes ingresados sin haber sido diagnosticados antes”.

Los autores del estudio señalan que, al ser un estudio ecológico (estudian grupos de personas, no individuos separados), las conclusiones no deben extrapolarse a niveles de riesgo individual, y que se necesitan más investigaciones y evidencias para poder hablar de causalidad directa entre ruido y enfermedad.  


Más de un 5% de los ingresos por trastornos mentales están relacionados con el ruido


El ruido urbano depende de las condiciones ambientales y de actividades realizadas o influidas por el ser humano en zonas muy urbanizadas y con alta densidad de tráfico, por lo que pueden llevarse a cabo acciones encaminadas a reducir los riesgos.

  • “Aunque hay variables sobre las que no podemos intervenir, como las horas de luz solar o la velocidad del viento, la investigación en el campo de la salud mental debe considerar además los factores ambientales, tanto la contaminación química y acústica como otras variables ambientales y meteorológicas”.

En los últimos años, el equipo liderado por Cristina Linares y Julio Díaz ha publicado diversos artículos con resultados complementarios al actual, que arrojan resultados muy llamativos como que:

  • El ruido del tráfico urbano representa un factor de riesgo para la ansiedad y la depresión
  • La contaminación acústica se relaciona con más ingresos hospitalarios urgentes por esclerosis múltiple, Parkinson o demencia
  • El ruido del tráfico se relaciona con un aumento de la mortalidad por diferentes causas. 

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Otro de los estudios, publicado durante la pandemia, observó un vínculo entre los niveles de ruido ambiental y el número de hospitalizaciones urgentes por COVID-19, aunque no con los fallecimientos.

El equipo del ISCIII señala que el estudio ahora publicado “puede servir de base para la elaboración de directrices y planes en salud pública que tengan en cuenta el ruido como factor de riesgo para la aparición o empeoramiento de trastornos mentales”.